Andrea Saga

(crónica de un lector compulsivo que irremediablemente
terminó escribiendo sus propias historias)

Los primeros libros que recuerdo eran de cuentos, una colección de Disney titulada Un cuento para cada día. Cuatro tomos en pasta dura con 365 historias, como su nombre lo indica. Me  la regaló un tío allá por 1981, cuando volví a Monterrey después de una estancia de dos años en el DF. Y lo leí tantas veces que terminó rompiéndose.  Quizá leí algo antes, quizá mi mamá me leía, no lo sé, no puedo estar segura, mi memoria es muy mala.

Como los cuentos no eran suficiente, leía las enciclopedias de la casa, los libros para hacer manualidades, libros de aviones o del espacio con bonitas ilustraciones; libros sobre cómo dibujar el cuerpo humano, etc. Cada visita a casa de mis abuelos era de esculcar sus periódicos para obtener las tiras cómicas o explorar sus libreros. Así me encontré (y me robé) una novela gráfica de Sisi Emperatriz y varios títulos de la autora Agatha Christie. 

Cada domingo, en el paseo familiar,  mi papá hacía una parada para buscar revistas  o libros de negocios; yo veía las portadas con entusiasmo esperando encontrar algo que llamara mi atención para leer. Y como la política de mis padres era no comprarme cada cosa que me gustara, sino que aprendiera a administrar mis pocos ingresos (por aquel entonces habrán sido 20 pesos por semana, si mal no recuerdo), comencé a ahorrar. Y me compré novelitas de aventuras espaciales, de esas interactivas de “elige tú mismo la historia” y que venían acompañadas cada vez por menos dibujos.  

Llegué a la secundaria. Además de los libros y los juegos con mi hermana menor —o con la única vecina de mi edad en la cuadra—, por aquel entonces no había mucho en qué entretenerse después de la escuela. En la tele nada más había un canal “juvenil” con programación de dibujos animados de 4 a 7 con “el Tío Gamboín”, no teníamos internet ni mucho menos Booktubers que nos recomendaran libros. Yo no podía saber que había un tal Julio Verne que escribió libros maravillosos, y en las librerías sus obras tenían las portadas más sosas, la mitad de arriba blanca, la de abajo de un color  (rosita o celeste). Solo letras, nada de dibujos. Así que viví en la ignorancia, pensando que no había libros para jóvenes de mi edad.  Los libros que encargaban leer en la escuela me gustaban, pero no todos. Me gustó Mujercitas, me gustó Jane Eyre y El Fantasma de Canterville, pero los demás no. Y, aburrida de que en la tele repitieran capítulos de mis caricaturas favoritas (Candy, Mazinger Z, Los Thundercats), me dedicaba a inventar en mi cabeza nuevas aventuras para esos personajes. 

Siempre he tenido una gran imaginación, en mi cabeza tenían lugar batallas emocionantes  en escenarios maravillosos. Al principio me limitaba a disfrutarlas, enfocaba la vista en algún punto del techo de mi recámara y dejaba que mi voz interior tomara el mando. Era tan sencillo desconectarse del mundo real… Pero luego intenté dibujarlas, y como no tenía el talento (ni la paciencia) las escribí.

Al principio eran fanfics, aunque yo no tenía modo de saber que así se le llamaba al hecho de hacer una nueva aventura para personajes ya existentes, luego eran crossovers: cambiar a un personaje de mundo, hacer que coincidiera con los de otro universo y que tuvieran una aventura juntos. Finalmente inventé mis propios personajes y mis propios universos. Todavía recuerdo a aquellas gemelas de piernas largas que tenían una base secreta en un cerro, ahí guardaban una nave espacial. Tiré el dibujo hace muchos años.

Hago un paréntesis para mencionar que siempre me ha gustado el arte. Probé con el óleo, con el dibujo de carbón, hacía planos de mis mundos y mis cuentos (tantos que mis papás pensaron que sería arquitecta) y con el dibujo de tinta, pastel y Prismacolor, pero soy muy perfeccionista y nunca estuve conforme con los resultados, aún así me decanté por Diseño Gráfico como carrera cuando se llegó el momento de elegir y mis papás no me dejaron estudiar Letras.

 

Andrea Saga

La primera versión de Potenkiah

No se llamaba Potenkiah, sino La Caída de Eloah. La comencé en 1987. Estaba escrita en primera persona, los personajes no tenían los nombres actuales, pero sí que podían volar. Aquella versión se la leí a mi mejor amiga en los recreos, fue escrita en una libreta, luego en hojitas de máquina cortadas a la mitad —para que pareciera un libro, obvio— en mi antigua máquina de escribir. Si te lo estás preguntando, no , no era eléctrica.

Años después la pasé a la primera computadora que hubo en mi casa, de esas con los disquetes grandes, y como la tecnología cambió, pronto quedó obsoleta también. De esta versión recuerdo que la cambié a tercera persona, pues no me gustaba que  el lector no pudiera enterarse de lo que pasaba cuando la protagonista no estaba presente, que las tildes las puse a mano porque las primeras PC necesitaban que pusieras un código raro para cada letra  (algo así como ALT 164) y que la imprimí en hojas que tenían perforaciones a ambos lados.

Entré a la prepa y luego a la carrera, seguí escribiendo otras historias cortas, seguí leyendo y aprendiendo. Pasé por mi época de romántica, de esas portadas en las que los hombres misteriosamente extravían la camisa, y por VC Andrews y sus novelitas de incesto y la alta sociedad (no me gustaron), pasé por Orson Scott Card, de quien leí unas 15 novelas, por Laura Gallego, Christopher Paolini y Dan Simmons… pasé por Brandon Sanderson y su Elantris y su trilogía Mitsborn y descubrí que lo mío era la imaginación (y él se convirtió en mi escritor favorito de todos los tiempos). Me volví adicta a que se retara a mi mente con mundos fantásticos, magia, tecnología, batallas y más. Pasé por Anne McAfrey, por Ursula K Leguin, por Octavia Butler y sólo reforcé mi amor por la ciencia ficción y la fantasía.

Y mientras tanto el universo en el que se desarrollaba mi historia seguía latente, llamándome a la puerta, sus escenas se repetían, se reinventaban en mi cabeza cada vez con mayor realismo y madurez. Iba borrando las partes inverosímiles, aquellas en las que los personajes hasta tenían tiempo para ser cantantes en secreto o campeones olímpicos… para quedarme con la esencia, las preguntas básicas: ¿qué pasaría si pudiéramos volar?  y ¿somos realmente forjadores de nuestro destino? 

Cuando un día de inspiración supe que tenía que unir todas las aventuras bajo un mismo hilo conductor, un conflicto que las entrelazara y le diera sentido a todo, tuve que volver a empezar. Pero esta vez ya sabía hacia dónde quería llegar. Escribía con brújula, no con mapa, descubriendo al mismo tiempo que mis personajes lo que nos deparaba el destino. Para entonces ya estaba casada, tenía un trabajo sólido como diseñadora gráfica y tenía amigas que compartían el gusto por la lectura. Para entonces ya había pasado por Narnia, por Artemis Fowl, por Harry Potter, por Crepúsculo y cuanta novela de vampiros se me cruzó enfrente, como La hermandad de la Daga negra, La Historiadora y otras más. Y añadí a las preguntas ¿qué pasaría si fuéramos más longevos? y ¿qué estaríamos dispuestos a hacer para vivir por siempre? Y entonces concebí la piedra de la muerte y la piedra de la vida (antes de ponerles nombre propio) y supe que no había marcha atrás. El borrador me tomó ocho meses y se lo di a leer a mi amiga de la secundaria, la misma a la que torturaba en los recreos. Le pregunté si le gustaba y si creía que podía enviarla a un concurso.  

Me dijo que le encantaba, pero que no estaba para concurso, esto debido a que yo incurría en todos los errores de escritor principiante (ella se había graduado de Comunicaciones y sabía de lo que hablaba): exceso de adjetivos y de adverbios, fallas de gramática y ortografía, lugares comunes, cacofonías, etc. Por lo tanto sólo había una cosa por hacer… ¿rendirse y guardarla en un cajón? ¡NO! Aprender.

Andrea, la aprendiz de escritora

Aquí comenzó mi trabajo como aprendiz de escritora. Como era mamá, dedicarle tiempo era complicado de día, no era posible acudir a cursos presenciales, pero eso no me detuvo: los tomé por internet.  Vencí mi pánico a ser leída y se la ofrecí a mis amigas en la oficina, tomé en cuenta todo lo que me comentaron para mejorarla, la dividí en 3 partes, aunque las primeras dos quedaron tan largas que las subdividí hasta quedarme con una pentalogía.

Después de varios años de reescrituras y aprendizaje un maestro de novela me ofreció representarme y conseguirme editorial, pues él tenía una agencia literaria en Barcelona. A mí no se me había pasado por la cabeza la idea de publicarlo, hasta entonces estaba convencida de que era imposible, al menos en México, pues lo único que publicaban era novelas de narcos. Lo que había de fantasía era traducido y sólo por la casualidad de ser un superventas en otro país. Era el 2010. Firmé contrato y esperé. Pero coincidió la crisis en España que impactó en especial al sector literario y nada pasó. Era de esperarse, una escritora mexicana, novata, desconocida, escribiendo locuras de otro planeta, con seres que vuelan y guerras interplanetarias… Sin embargo, en el 2012 conocí un montón de escritores de mi ciudad y descubrí que muchos se autopublicaban.  Además, Amazon España estaba teniendo mucho éxito, algunos escritores que vendían en línea eran contactados por editoriales. Así que decidí intentarlo por mi cuenta.

 

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2013 Andrea, la autora independiente

¿Qué se necesita para ser independiente? ¿qué ventajas y desventajas tiene? Ser independiente es como cuando decides irte de casa de tus papás a tu departamento de soltero. Sobrevivirás si sabes administrar tu dinero, si tienes ahorros, si te organizas. De ahora en adelante deberás hacerlo todo tú. El trabajo es tuyo pero el éxito también. ¿Podía hacerlo? Podía hacerlo en México? ¿En Monterrey? ¿Con un libro de fantasía? No me detuve a pensarlo, la verdad es que el que lo piensa no se lanza a invertir sus ahorros en algo tan loco como intentar autopublicar una novela de 384 páginas a un país de no lectores, pero no hice un alto para analizar lo imposible de la aventura que estaba por iniciar, en lo radical que era ir contra corriente, contra todo el sistema que solo recibe libros con editorial, respaldados por una cúpula de intelectuales que infravaloran lo que suene a extranjerismo, a ficción, a fantasía, a ciencia ficción (injustificadamente). Yo sólo lo hice.

A partir de entonces Potenkiah, la piedra de la muerte se convirtió en un producto. Mi experiencia como diseñadora iba a solucionar el que mi libro “pareciera de editorial”, además de ahorrarme los costos de portada y maqueteo. El trabajo de corrección y “tallereo” con una amiga y maestra, Mariana García Luna,  dejó el texto como si lo fuera.  Con mis conocimientos de imprenta y unos ahorros, saqué el primer tiraje de 300 ejemplares.

Lo siguiente era darlo a conocer, quizá la parte más difícil para alguien introvertido y tímido como yo.  Aquí influyeron varios factores para que Potenkiah, la piedra de la muerte  no se quedara en cajas apiladas en mi sala o en los libreros de mis familiares, sino que se vendiera a nivel nacional en librerías Gandhi: el trabajo de agenda de medios (y los contactos) de otra amiga, (la misma a la que torturaba en los recreos, je, je, je) que me consiguieron entrevistas en TV, radio y prensa; los 13 años que trabajé en una agencia publicitaria, que me proveyeron de teoría y bases para diseñar una campaña de redes sociales;  la unión con los escritores independientes EICAM (grupo del que fui socia fundadora) que me permitió estar en la Feria Internacional del libro de Monterrey 2013;  el haber conocido a Felipe Montes Espino y que accediera a presentarlo en la Casa Universitaria del Libro; la bendición de contar en la primera presentación con  Mariana González, Booktuber del canal iamunbrokengirl, y su reseña tan entusiasta; y mi gran esfuerzo para tocar puertas en los departamentos de compras de las cadenas de librerías y convencerlos de que aunque era un libro autopublicado, tenían que sacarse la idea de la cabeza de que era malo por default. Mentiría si dijera que fue mi cara bonita lo que me abrió paso, fue la calidad del libro que venía presentando y las reseñas positivas que llovían.  

Cuando estaban por agotarse los 300 ejemplares se llegó el momento de publicar la segunda parte. Con las ganancias de las ventas tenía  dinero para reimprimir el uno, pero no me alcanzaba para sacar también el dos. Así que en el 2014 fueron los lectores los que pagaron la edición de la segunda parte: Potenkiah, la batalla por Eloah (a través de Fondeadora.mx). El dinero me alcanzó también para presentarlo en las ciudades de México, Toluca y Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro y fue ahí donde Editorial Planeta me contactó y me dijo algo así: “queremos publicar tu libro”. 

Haré un paréntesis para decir que aluciné esa reunión, no me la creía ¿una editorial de ese tamaño llamando a mi puerta? Yo no había hecho ni un solo esfuerzo por contactar a nadie (bueno, una vez Océano se llevó un ejemplar, pero meses después me dijeron que no les interesaba, aunque se lo llevaron porque lo vieron en la FIL Mty, no porque yo los hubiera intentado contactar) ¿y ellos venían y me lo ofrecían? Claro, querían convertir mi pentalogía en trilogía  y hacerle unos pequeños cambios, pero nada que afectara la historia, así que acepté.

Potenkiah: la profecía se lanzó el 17 de septiembre de 2015, contó con 624 páginas y una edición preciosa y con su campaña en medios masivos y las presentaciones a las que asistí por fin comencé a creer que soy escritora. El siguiente año me dediqué a escribir una precuela, debido a un compromiso adquirido con CONARTE y una empresa que me apoyó económicamente para que la terminara. Esa novela se guardará en un cajón hasta que pueda pulirla lo suficiente y publicarla. Entre tanto escribí Potenkiah, el encuentro, la segunda parte de la trilogía, misma que se lanzará en septiembre de 2016, y al entregarla comencé a bocetar el argumento de la última entrega.

Así pues, esta es la historia de cómo llegué hasta donde estoy, la seguiré editando conforme  otros proyectos editoriales toquen a mi puerta,  hoy reestreno mi página web, le he eliminado todas las entradas con referencias antiguas a los libros autopublicados para dejar solamente lo de Planeta y mi acostumbrada sección de consejos para nuevos escritores. Si todo este rollo no te ha resuelto la duda que tienes, puedes ir a la sección de preguntas frecuentes y si aún así quieres preguntarme algo, puedes usar la forma de contacto. 

Me considero a mí misma una lectora compulsiva. Para mí la realidad nunca fue suficiente;
noche y día escapaba a un mundo donde pudiera volar, como en mis sueños,
poblado por seres con alas, naves espaciales y escenarios que desafían la imaginación.
Un día mis personajes cobraron vida y no tuve alternativa: debía relatar sus hazañas.
Aún hoy me pregunto si en verdad fueron libres de elegir su destino…

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